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“Historia de la ciencia española”

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Juan Vernet publicó el libro que tengo entre mis manos en el año 1975, como compendio de un ciclo de conferencias que dio durante el curso 1974-1975, según explica en la presentación del mismo.

El volumen que manejo es un objeto de aspecto sobrio, grueso, editado en forma rústica, sin subtítulos llamativos, sin llamadas de atención a modo de gancho. Por aquello de que el buen paño en el arca se vende, que cultivaban los antiguos.

Es un estudio serio, bien documentado, no hay que olvidar quién es el autor, maestro de maestros, y extremadamente divertido para quien entiende la diversión en su esencia mental.

Se trata de 14 capítulos, de los cuales el primero, la introducción, se cuestiona a sí misma, es decir empieza a definir el alfabeto: ¿Qué es la historia de la ciencia?, y con ese planteamiento que no deja nada a su propia suerte, hace un repaso general hasta llegar al tema central del que se va a ocupar el libro. Es decir, prepara y presenta la contextualización adecuada.

Hay un capítulo entero, el segundo, dedicado a la bibliografía y las fuentes, explicando el cómo y el dónde de todo, esto ya debe ser para el lector un motivo indicador de la fiabilidad de lo que se va a encontrar, además de ser una fuente de fuentes para los propios anhelos personales de cada cual. Téngase en cuenta, de que el tiempo de este libro es preinternet, no valía entonces escribir una frase más o menos precisa sobre lo que se pretende encontrar y darle al buscador, pues bien lo sorprendente, o quizá no tanto, es que es ahí donde hay que recurrir, tanto si está digitalizado el contenido como si no.

El capítulo tercero empieza el estudio propiamente dicho de la ciencia en la España musulmana, nos recuerda Vernet que el gran Sarton, el padre de todos los historiadores de la ciencia de los tiempos modernos, “[…] no haya vacilado en considerar la España musulmana como el más importante centro cultural del mundo en la Edad Media […]”

El capítulo cuarto dedicado a la España cristiana, ya nos advierte a su inicio el autor que, salvo San Isidoro, poco hay que decir de los visigodos, quienes andaban en otros quehaceres lejos de la especulación científica y la producción intelectual derivada. Tampoco parece ser que mostraran gran interés estos españoles en las sabidurías antiguas, según Vernet, no hay un Averroes cristiano que haga comentarios al corpus aristotélico, ni un médico de pro que aporte algún avance o conocimiento. Esto tampoco quiere decir que no falten nombres, ni que no haya algún campo en el que algo hayan aportado nuestros antepasados; en naútica, por ejemplo, se puede encontrar algún momento interesante.

El capítulo quinto, el autor nos sitúa en el Renacimiento, pues claro cuando alguien se ha empapado del Renacimiento italiano, parece cosa de poco  (o de mucha osadía) tratar del desarrollo español de las ciencias en este brillante momento histórico. Tenemos algunos nombres: Nebrija, Zacuto…, importantes sí, pero héroes locales.

El capítulo seis, el dedicado a la ciencia en la época de los Austrias parece un poco más luminoso que el anterior, ya que se puede dar por nacida la matemática española, eso sí de la mano de españolitos de influencia parisina, nada que ver con la vecina Italia boyante en esos momentos con las intrigas, los dimes y diretes de alta y baja alcurnia, cuyo motivo central era la discusión matemática, los Del Ferro, Tartaglia, Cardano…  Dejémoslo, y recuerde el lector que “[…]  Domingo de Soto (1494-1560), fue el primero en observar que un grave cae según un movimiento uniformemente acelerado […]” después vendría Thomas Harriot  y sus máximas consecuencias se alcanzarían de la mano de Galileo. En general, la astronomía, la náutica y las ciencias en general en esta época ya tenían cuerpo y estaban muy bien definidas; aunque sin llegar a la talla de las grandes potencias intelectuales europeas, hay algunos nombres.

El capítulo siete se dedica a la política científica en el siglo XVIII, la época socio políticamente no era el colmo del optimismo y la alegría. Mientras el siglo de las luces brillaba fuera de nuestra península, nuestros compatriotas seguían iluminados con velas intelectuales, no llegaba más que una ténue y pálida luz que reflejaba muy someramente lo que había y lo que era el gran esplendor exterior.

“El Padre Omnopotente…

… Hizo a Torricelli que pesase […]

este es el comienzo de breve poema que cita Vernet que escribió José de Vieira y Clavijo (1738-1813) alias Diego Díaz de Monasterio uno de los viajeros eruditos a la violeta que dirá Vernet.

En el capítulo 8, el siglo de las matemáticas y la astronomía, el siglo XVIII, continúa la frustración que supone este siglo para la ciencia española con la decepción que supone el solamente producir nombres de tercer orden, según el propio Vernet cuenta, lo que ocurre es que a mí me cabe preguntar, si una tierra que solo da para nombres de tercer orden realmente tiene algún tipo de interés en la ciencia o es que simplemente le ha dado la espalda. Y no hay terreno suficientemente abonado para que se pueda dar algún tipo de flor hermosa, algún ejemplar por encima de la media, algún ser excepcional. Para sobresalir de la media, en la media debería haber muchos buenos.

El capítulo 9 lo dedica Vernet al estudio de la física y la química, sus orígenes como tales, el comienzo de su andadura y su posterior desarrollo. Vernet afirma  que la física carecía de identidad propia como tal antes del siglo XVII, y eso a pesar de que algunas ramas como la descripción del movimiento habían sido atendidas con anterioridad. En el siglo XVIII nacieron la electricidad y la dinámica propiamente dichas. En realidad, la ciencia como tal de la cual se iban formando unas veces o desgajando otras las demás disciplinas científicas era la medicina. Después empiezan a salir los nombres, que aunque destacados y con algunos experimentos curiosos e interesantes y hasta de cierto relieve, no dejan de ser secundarios en el contexto histórico general de la ciencia europea. Más alegrías parece que pudieron habernos dados los incipientes desarrollos de la química, pero tampoco con grandes nombres universales.

En el capítulo 10, ya nos describe que formada la cultura científica española que había sido impulsada por los reyes Fernando VI, Carlos III y Carlos IV, quienes instaron a los gobernantes a agruparse según sus especialidades en instituciones que iban naciendo ad hoc. En el siglo XVIII también aparecen los primeros estudios serios sobre geología, por más que con anterioridad hubiese habido intentos de hacer estudios en este terreno, incluso se hallan trazas en Avicena de la afición a esta rama, pero no cabría tildarla de disciplina científica como tal hasta bien entrado el siglo de la Ilustración. También en este capítulo, nos muestra el autor los primeros pasos en el avance de las técnicas, los primeros pasos, los primeros logros.

En el capítulo 11 presenta el autor las características generales del siglo XIX, un siglo muy fuerte desde el punto de vista científico, con el gran desarrollo de la matemática alemana y la matemática francesas, los avatares políticos, la idiosicransia de nuestros pensadores, y las circunstancias particulares de nuestro entorno hicieron que este siglo, importante en el continente, alcanzara en la península la sombra de los grandes, siempre sin desmerecer los nombres locales que también su participación y contribución al desarrollo general de las ciencias.

El capítulo 12 es aún más demoledor, pues nos cuenta que el significado de la guerra de la independencia en el terreno científico es un cúmulo de penalidades, de abandono de la investigación, de desarrollo de la presentación y exposición y poco más, instructores y descriptores y poco más.

En el capítulo 13, el dedicado al desarrollo de las ciencias de la naturaleza que ya había comenzado muy activamente en el siglo anterior nos describe el estado en que se encontraban estas ciencias en nuestra cultura y los pasos que se fueron dando en la dirección de su desarrollo.

El último capítulo está dedicado a la técnica.

Si bien la brújula de la historia de la ciencia no señala hacia nuestra península indicando el norte o la guía, se fue haciendo lo que se pudo dadas las circunstancias y situaciones por las que atravesaron nuestros antepasados. Algunos con anhínco en un ambiente, si no claramente hostil, muy poco favorable y desde luego la masa general de las personas totalmente vuelta de espaldas.

El libro es un gusto de leer, está bien escrito, bien documentado, con unas notas sabrosas que remiten a las fuentes. El maestro Vernet.

A quienes pudieran estar interesados en la historia de la ciencias española, habría que recomendar esta lectura y la reflexión  final sobre qué nos hace ser como somos, cuáles son las causas de nuestra falta de brillantez. Da para mucho el tema, para mucha reflexión y para mucho estudio. Léase el libro, lector, y extraiga sus enseñanzas.

La edición es del instituto de España cátedra Alfonso x el sabio, Madrid, 1975

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